El otro día me descubrí a mí misma en el supermercado dándome un falsi-lujo al comprar queso crema Santa Rosa. El antojo inicial fue de queso philadelphia, pero luego de descubrir que el antes mencionado costaba cerca de un tercio del más conocido, no hubo por dónde perderse. Ahí fue cuando me di cuenta de todo. Antiguamente, hace exactamente un año y medio, jamás me habría fijado en esos detalles. Habría estado en mi casa, probablemente en mi cama con mi computador y a la hora de once habría tenido el queso, no más, sin necesidad de conseguirlo por mí misma. Jamás de los jamases me habría fijado en el precio ni pensaría cosas como “qué aprovechadores que son los supermercados”, ni menos diría cosas como “uuuf si cada semana suben más el precio de la comida, parece que no se van a cansar nunca”.
Antiguamente era una niña que vivía en el limbo -como dice mi madre- y no tenía idea de nada. No sabía tomar un colectivo en una ciudad de cuatro cuadras por cuatro cuadras ni menos cómo pagar una cuenta, reclamar en alguna tienda o incluso pedir la cuenta.
Parte de emigrar de la ciudad de origen implica dejar todo eso atrás y darse un impulso -sacando fuerzas de quién sabe dónde, haciendo de tripas corazón y todas esas cosas- para hacerse cargo de la propia vida. Los hombros empiezan a pesarte sobremanera en el momento en que lo decides, pero la verdad es que las cosas buenas de independizarse equilibran lo sufrido de la vida del universitario periférico.
En un principio es difícil olvidarse del auto y de las distancias cortas, despedirse de la comida servida y los trámites hechos, es verdad, para qué vamos a mentir; pero también es cierto que lo que viene de la mano de entrar a la universidad -en tu ciudad o sobretodo en otra- es realmente gratificante. Pronto empiezas a tomarle el gustito a no rendir mayores cuentas a nadie -y no me refiero a lanzarme a la vida, desaparecer por 3 días y volver sin recordar lo que pasó en ninguno de ellos, sino simplemente tomar tus propias decisiones sin tener siquiera que avisarle a alguien- y a conocer los lugares a medida que te mueves por ellos. No es tan difícil como parece, en serio, si yo pude aprender a moverme en Santiago, créanme que TODO es posible.
Las primeras semanas no dejarás de temblar al subirte a cualquier micro, pero luego de un tiempo te vas a sorprender a ti mismo conociendo de memoria las rutas, los puntos de referencia y hasta las variantes del camino que podrías realizar a pie o en auto, de recorrerlo por tu cuenta. Es triste dejar de ver muy seguido a la familia y los amigos, pero creo que es más triste para ellos que lo que será para ti: cuando te vas a otra ciudad, ojalá más grande, todo es infinitamente más divertido que en tus tierras. Los panoramas nunca se acaban y siempre eres tú el que puedes distraerte con dichos aspectos de la vida y no ellos, que viven para recordarte. Es triste – intentaremos no pensar en eso.
A estas alturas del año, hace ya 2, decidí que quería venirme a Santiago, por lo que imagino que es en estas épocas en que los estresados estudiantes de 4to barajan sus posibilidades y contrastan cuidadosamente los pro y los contra.
Mi consejo para todos es: váyanse. O, mejor dicho, vénganse. Salir de la ciudad es entretenido y te ayuda a crecer un montón. No sólo aprendes en aspectos prácticos como economía y transporte, sino principalmente a manejarte de forma autónoma en la vida, y una vez que le tomes el sabor, no vas a querer dejarlo.
Como consejo personal, propongo que no lo piensen mucho, yo nunca sopesé el tema hasta que tomé el metro para ir a matricularmey casi me morí de la impresión, quise quitarme la vida y volver a mi ciudad de inmediato. Sin embargo héme aquí, como pez en el agua y feliz como una lombriz.

















me encanta cuando escribes sobre la migración a la vida universitaria en otra ciudadddd, es como verme en un espejo (L) aunque a veces al estar en una micro llena y asquerosa, aun me dan ganas de quitarme la vida y volver a mi ciudad de inmediato… porque al parecer es cosa de costumbre, y yo recién llevo sólo un semestre acá… pero gracias a eso al menos sé, que queda harto por disfrutar (: saludos!
me paso algo muy parecido a mi, vivo ahora en valparaiso, un punto en contra podría ser donde uno se esté quedando, ya que no siempre es muy grato :/
Saludos ! :_)
Mi vieja se sigue preguntando como aguante vivir un semestre con una abuela que a las 9 me decía que tenía que cerrar el convento :S jajajajaj lo mejor es buscar un lugar donde uno se sienta cómodo y ojalá con poca gente. Me pasa que donde arriendo somos 6 y siempre hay alguien que se come las cosas de los demás o no ayuda en el aseo ¬¬
NUNCA ARRIENDEN CON PERSONAS MAYORES!!!! jajajajja por experiencia propia D:
Siempre quise venir a Stgo porque aca el transporte tiene un mapa y no hay como perderse y las direcciones tienen nombre y número
Yo llevo 4 años viviendo en viña, obviamente se hecha de menos u_u pero yo desde chica quise salir de mi pueblo (Rancagua) xD y vivir en Viña, aunque vuelvo en los veranos ya me da lata porque tengo mis amigos acá (viña), mis panoramas y todo lo demás. Factor importante en mi vida fue que desde chica fui super independiente y mi mamá siempre me empujo a aprender a hacer las cosas (pagar cuentas, cocinar, etc.) pero ahora que lo pienso creo que lo único que quería era que me fuera xDDD y como que no me costo mucho cortar el “cordón” me vine feliz de la vida y ellos me apoyaron en todo
Pero la experiencia es bacán. Lo recomiendo xd