Cruzando la calle, el otro día, tuve un encuentro cercano de esos incómodos que a todos nos encantan. Primero debo confesar que para mí hay dos tipos de conocidos (personas que me caen bien, pero con las que no tengo directa relación o comunicación continua): el que saludo felizmente y el que saludo por obligación. Espero que nadie piense automáticamente que soy una mala persona (aunque los invito a hacerlo), pero es la verdad, hay personas con las que no tengo problema en toparme y quedarme conversando algunos minutos; en cambio hay otros con los que me encantaría simplemente saludar y seguir mi camino, pero a veces pasa que esas personas no están en la misma sintonía y tienen ganas de conversar. Bueno el encuentro que destaco en este momento es precisamente uno de los segundos. No voy a dar nombres porque la gracia de ser un hipócrita social es no ser atrapado en el acto, además puede que este inventando todo esto.
Suelo caminar mirando hacia el suelo, no tiene nada que ver con mi autoestima, sino simplemente me acostumbre a enfocar los ojos en las cosas sobre las que piso. Ese día no era diferente, además iba escuchando música, así que no le prestaba mucha atención a lo que me rodeaba, hasta que sentí un llamado de atención y al subir la cabeza me encontré de frente con la persona en cuestión. Creo que es necesario recordar que el ser humano no me caía mal, sino que simplemente no me sentía del todo cómodo manteniendo una conversación en un ambiente que no fuera de relación social planeado (como una fiesta). Me miró con ojos mucho más sociables que los míos, me saludo y me preguntó que había sido de mi vida. Como si una pregunta como esa fuera posible responderla en un intercambio de algunos minutos, en el medio de la calle, sin haberle dado ni una vuelta realmente profunda siquiera. Ya que no tenía tiempo para semejante reflexión me fui a la segura: “nada en verdad, todo bien, estoy en la universidad y eso”, había esquivado una bala existencial y de paso apuraba el fin de la conversación. Pensé que no se podía continuar mucho más con tanta cordialidad ensayada y aplicada tantas veces como una coreografía que ya sale con naturalidad. Por supuesto tuve que preguntarle qué había sido de su vida, esperando exactamente lo mismo de respuesta, pero se alargó un poco más para mencionarme sus encuentros con personas que ambos conocíamos.
Finalmente me mira y me dice que deberíamos juntarnos un día para vernos y ponernos al día. El hombrecito impaciente y mala onda que vive dentro de mi cabeza comienza a fustigarla con la mirada, no entiende para qué nos vamos a juntar un día a vernos si es precisamente lo que estamos haciendo ahora y no ha tenido grandes resultados. Juntarse un día para verse es solo otra forma de despedirse sin quedar como alguien poco sociable, esperar ponerse “al día” con la vida de otra persona es otra ilusión. Quizás si uno logra acordar un encuentro, le da tiempo para preparar las cosas que debe decir, para armar respuestas más interesantes y llevar la relación a un verdadero estado de profundidad. Claro que para eso, sería necesario que la supuesta junta se llevara a cabo y hasta hoy dudo que suceda a menos que me la tope de la misma forma que aquel día, por mero accidente, sin preparaciones ni red de protección.
















Me siento identificado. Siempre me pasa y me carga.
soy piti, y guardo los lentes cuando camino, entonces si alguien me dice: “oe Iván, no me saludaste”, yo puedo decir: “sorry vieji, andaba sin lentes, no te vi” XD
Hoy me topé con este sitio y me encuentro súper empática con tu descripción en su totalidad: desde caminar cabeza agacha porque soy piti hasta el no querer juntarme nuevamente con ese otro.
Buen blog
pan de cada dia, cuando a lo lejos veo a alguien de los saludados por obligacion hago como que no los veo, si es en la micro me hago la dormida